¿Eres viejo? Enhorabuena. Estadísticamente, quizá te quede más vida de la que crees.
Todos queremos descubrir el secreto de la longevidad.
Algunos toman veinte suplementos al día.
Otros se duchan en agua helada, o se compran una máquina de frío de 50000 Euritos, como Cristiano.
Hay quien duerme con una pulsera que mide hasta el número de veces que pestañea…
Y luego está tu abuelo:
Ochenta y nueve años.
Dos copas de vino.
Un plato de jamón.
Y diciendo que “eso de los antioxidantes es una marca de detergente”.
¿Cómo puede ser?
La respuesta tiene un nombre curioso: el efecto Lindy.
El efecto Lindy nació en Nueva York, entre cómicos que actuaban en Broadway. Observaron algo llamativo: Cuanto más tiempo llevaba una obra representándose con éxito, más tiempo era probable que siguiera en cartel.
Si un espectáculo había sobrevivido diez años, probablemente aguantaría otros diez.
Si llevaba cincuenta, quizá otros cincuenta.
Lo mismo ocurre con los libros.
Con las ideas.
Con los puentes romanos.
Con los violines Stradivarius.
Y, en cierto modo, también con algunas personas. Bueno, no es igual…
Los humanos longevos ya han demostrado una capacidad extraordinaria para sobrevivir:
Han superado infecciones sin antibióticos modernos.
Han pasado crisis económicas. Algunos, la mayor de todas: la posguerra tras la Gerra Civil.
Han respirado humo de tabaco en todos los bares de España.
Han sobrevivido a suegras, jefes imposibles y reuniones que deberían haber sido un correo electrónico.
Cada año que siguen aquí es una pequeña demostración de resiliencia biológica.
Es una especie de selección natural… pero con más arrugas.
Por supuesto, el efecto Lindy no significa que cumplir años te vuelva invencible.
La biología tiene sus reglas.
El riesgo absoluto de enfermedad aumenta con la edad.
Eso no cambia.
Lo interesante es otra cosa.
Entre dos personas vivas hoy, una de 95 años ya ha demostrado poseer una combinación de genética, adaptación y resistencia que la ha mantenido con vida durante casi un siglo, así que es más fácil que llegue a vivir 120 años que tú, aunque tomes cúrcuma y comas quinoa.
Ha pasado muchos filtros que millones de personas no lograron superar.
Es un superviviente estadístico.
Nassim Nicholas Taleb popularizó esta idea recordándonos que, para muchas cosas que no envejecen por desgaste físico —como los libros o las ideas—, la mejor predicción de cuánto seguirán existiendo es cuánto tiempo llevan existiendo.
Con los seres humanos el principio no se aplica de forma estricta, porque somos organismos biológicos.
Pero sí nos deja una reflexión fascinante.
Cada centenario es un auténtico laboratorio viviente.
Una pista sobre cómo funciona el envejecimiento saludable.
Quizá por eso deberíamos escuchar más a nuestros mayores.
No porque tengan razón siempre.
Sino porque, estadísticamente, llevan acertando bastante tiempo en eso tan complicado que llamamos… seguir vivos.
Aunque, siendo sinceros, algunos lo han conseguido alimentándose de torreznos, carajillos con café recalentado y una capacidad casi sobrenatural para no hacer caso a los médicos.
Y eso, como traumatólogo, me resulta profundamente admirable.


